Soy una persona a la que le encanta lo nuevo…

Cuando yo era pequeña, mi madre siempre me decía que era una “novelera” y es que arrastro desde siempre esta pasión por lo que es nuevo. Hay, para mi, una especial atracción por el olor de un libro nuevo, el tacto de álbum nuevo cuando lo saco de la caja, el sonido que hace un lápiz nuevo sobre una hoja en blanco cuando por fin escribes algo, el sabor de un postre nuevo (sobre todo si lleva chocolate), o la visión de una película nueva, un atardecer nuevo o un paisaje nuevo. Me encanta dormir en sábanas nuevas, estrenar zapatos nuevos y las agendas/libretas nuevas…

Por eso me encanta esta primera semana del año, adoro lo que lleva implícito de buenos propósitos y de hábitos nuevos. Es el momento de crear rutinas nuevas (para crearlas, hay que hacerlas durante un mes, ¿no?), es el momento de, una vez hecho balance de lo que hemos hecho, llenar hojas y hojas de planificación (eso es otra cosa que me encanta, programar, planificar…)

Lo duro viene después, en el momento de ponerse manos a la obra para que todos esos propósitos tan maravillosos se hagan realidad… ¿Quién no se ha propuesto miles de veces, sin exagerar, hacer más deporte, dejar de fumar, bajar esos kilitos de más, no dejar las cosas para última hora, buscar tiempo para pasar con los amigos, dejar el móvil apagado en las comidas…? Podría seguir enumerando y enumerando sin parar algunos de los buenos propósitos que un año se me ocurrieron a principio de un año cualquiera y nunca cumplí…

Pero no es éste el momento de flagelarse por lo que no hice en el pasado. Muchos de mis propósitos de un año nuevo cualquiera los cumplí en otro momento, cuando era “el momento” de que se convirtieran en realidad. Por ejemplo, fumar lo dejé un 25 de abril varios años después de que me lo propusiera (ah, de la fecha me acuerdo porque fue la boda de unos grandes amigos y se me acabó el tabaco y nunca compré más) lo dejé de un día para otro, sin haberlo planeado y sin habérselo dicho a nadie. Ésta es otra de mis características, soy de impulsos y me encanta planificarlo todo… Un poco contradictorio, como yo, como todos un poco ¿no?

Por eso, este 2017, me he parado a reflexionar sobre lo que he hecho, algo que jamás había hecho de un modo tan exhaustivo (aquí os he contado, por encima, sólo a nivel profesional, pero he hecho balance a conciencia mes a mes, de todo el año) para poder saber bien desde donde parto para poder planificar hasta donde quiero llegar,…

Así, me he hecho doce propósitos para este año nuevo, uno por mes. Pero he decidido resumirlos simplemente en una sola palabra que se asocia a lo que quiero hacer-alcanzar-conseguir en ese mes.

Ahora os cuento sólo la palabra y ya os la iré explicando a lo largo del año conforme se vaya haciendo una realidad…

ENERO-FORMAR(ME)

FEBRERO-ATERRIZAR

MARZO-VIAJAR

ABRIL-REALIZAR

MAYO-FINALIZAR

JUNIO-MIMAR

JULIO-CONCILIAR

AGOSTO-DESCANSAR (ésta es muy obvia, jajaja)

SEPTIEMBRE-RETOMAR

OCTUBRE-PREPARAR

NOVIEMBRE-IMAGINAR

DICIEMBRE-EVALUAR

Me encantan los verbos, implican movimiento, acción, realidad…

Empezar a planificar algo usando uno de ellos es un “defecto”-manía-costumbre que arrastro de mi época de docente (ay las unidades didácticas, jaja) pero que me encanta porque convierten las ideas, en sueños; los sueños, en planes y los planes, en realidades.

Y ese es el objetivo del año, convertir sueños en realidades

Como decían en el “Un, Dos, Tres”, hasta aquí puedo leer… Por ahora…

Mañana, más!!

 

 

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